Reproduzco la crónica que envía Jesús Bosque desde la ciudad de los rascacielos.
Son las seis de la mañana, hay quince grados y cae una fina llovizna. ¡Un tiempo perfecto! ¿para coger caracoles? o para correr. Lo de buscar caracoles va a estar difícil en Manhattan, en cuanto a lo segundo para eso estamos aquí. Hoy es el gran día, ese con el que sueña todo corredor: el día de la maratón de Nueva York.
Faltan cuatro horas para la salida, pero ya nos dirigimos hacia la misma en los autobuses. Parece una exageración, pero pronto van a cortar el tráfico de numerosas calles y una vez allí, nos han dicho que debemos tomarnos nuestro tiempo para situarnos. Conforme nos acercamos empezamos a ver más y más autobuses, y lo que es ya una larga cola para entrar al recinto de salida.
Pasamos un control de seguridad y una vez adentro es como una pequeña ciudad de cuarenta y dos mil personas, organizada por tres colores: rojo, verde y azul, que se corresponden con los que llevamos en el dorsal. Ya desde el principio encontramos lo que será una constante en el día de hoy: la presencia de una gran cantidad de voluntarios que, con gran amabilidad, te ayudan en todo momento.
Los ocho oscenses, que estamos aquí, no hemos podido conseguir el mismo color de dorsal, por lo que nos tenemos que ubicar en zonas separadas y tomar salidas distintas en la carrera. De hecho seguiremos caminos distintos hasta juntarnos todos los grupos a la altura del kilómetro doce. Así que, antes de separarnos, nos tomamos una foto de equipo con la gran bandera de Huesca que Luis Arias ha traído hasta aquí.
Una vez dentro de nuestra zona hay con qué pasar el rato. Por un lado se puede desayunar, pues reparten café y té caliente con bollos de pan y variedad de barritas energéticas, por el otro, hay varios escenarios con música en vivo. Pero el mayor entretenimiento consiste en ver a la gente, hombres y mujeres de todos los países en una mezcolanza de lenguas y razas. Muchos están durmiendo en sacos de dormir, por lo que no sabemos si es una forma de ahorrarse una noche de hotel.
Falta poco para la salida y ya estamos situados cada cual en nuestra zona. Es el momento de quitarse la ropa de abrigo e ir tirándola a un lado. Allí quedan grandes montones que la organización recogerá para enviarla a organizaciones de caridad.
Suena el himno americano, dan la salida y todos nos ponemos a gritar, entre nerviosos y eufóricos, enfilando el puente de Verrazano, que con sus 1.300 metros de longitud es uno de los puentes colgantes más largos del mundo. Dejamos atrás Staten Island para llegar a Brooklyn, el segundo de los barrios de Nueva York que vamos a “visitar”.
A los pocos kilómetros, una vez metidos de lleno en el barrio, la expectación y la animación es enorme. Recuerda a esas etapas del Tour de Francia en la que ves el pasillo de gente que grita y anima a los corredores. Ambos lados de la calle están llenos a reventar. Además de gritos, toda suerte de trompetas, campanas e instrumentos sonoros provocan un ruido ensordecedor. Los niños sacan sus manitas y Jesús Lucas se harta de chocar palmas. Como dice Zacarías, esto te “hace sentir importante”. Estamos al principio de la carrera y nos dedicamos a disfrutar. Esta es una carrera para vivirla y por ello hemos decidido no venir a “hacer marca” y llevar un ritmo tranquilo, nos importa más correr el equipo juntos que ganar unos pocos minutos. Aunque parezca increíble, porque no hemos podido salir todos juntos, nos encontramos dos de los grupos en medio de la masa de corredores, ya estamos seis del “equipo naranja”.
Enseguida pasamos por el ayuntamiento de Brooklyn y aquí la expectación es máxima. A lo largo de la carrera hay multitud de puestos oficiales donde los voluntarios reparten bebidas y alimentos energéticos, pero hay multitud de gente particular que te ofrece de todo: plátanos, caramelos, donuts, servilletas,…
Seguimos hasta el kilómetro quince, que hemos acordado que sea el punto de encuentro, donde paramos hasta que llegan Isabel y Luis con la sonrisa de oreja a oreja. Ya todos juntos nos acercamos hacia el “avituallamiento oscense” en el kilómetro diecisiete. Antes de llegar vemos las banderas de Huesca y Aragón y la familia de Jesús que está saltando y gritando. Allí está también Javi, su sobrino de dieciocho años, al que de alguna manera, el grupo de corredores oscenses, le dedicamos la carrera.
Su caso, aun desde tan lejos, lo ha vivido con emoción la comunidad de corredores desde Huesca. Él también es un corredor y el mes pasado, en un entrenamiento rutinario, tuvo un episodio de “muerte súbita”. Gracias a que le hicieron rápidamente un masaje cardíaco, a la última tecnología médica y a un montón de suerte, está aquí, ahora, haciéndonos fotos.
El avituallamiento consiste en saludos, abrazos, tortilla de patata, plátanos y una torta casera. Luego toca seguir, con las pilas recargadas, con el mismo impresionante ambiente a lo largo de la avenida Bedford.
A la altura del kilómetro 20 entramos en Queens. Hay que pasar un largo puente metálico en una zona industrial y aquí no hay público. Nos miramos entre nosotros y parece que vamos todos bien por lo que nos ponemos al tajo y aceleramos el ritmo con vistas a hacer una segunda parte más rápida que nos haga recuperar un poco de tiempo; la verdad es que en la primera mitad hemos ido un poco de “turistas”. Los “naranjillas” comenzamos a adelantar corredores y ya seguiremos así hasta el final.
¿Se habían olvidado de nosotros? Salimos del puente, giramos hacia la Avenida 48 y allí nos encontramos con un griterío ensordecedor, Paco suelta su “ya te lo decía yo, esta es la curva buena” y de nuevo vuelta a chocar palmas y ese cosquilleo de sentirte protagonista del espectáculo.
Al poco cruzamos el East River y entramos en Manhattan, toda la Primera Avenida es nuestra. Vamos por el centro, el equipo en línea y vemos a la gente allá, más lejos, en las aceras. Ahora lo imponente es el espectáculo de ver toda la avenida, varios kilómetros, flanqueada de rascacielos a ambos lados hasta donde la vista se pierde. Jesús saca la pequeña cámara de fotos (la afición le puede) que lleva en un cinturón y va sacando imágenes del equipo.
Pasamos por Harlem, cruzamos un puente y entramos en el Bronx. Son notables las diferencias de unos barrios a otros, tanto por el paisaje urbano como por la población. Tanto aquí, como la zona anterior de Harlem es mucho más modesta. Las casas son de dos o tres alturas y las “bodegas” y pequeños comercios han sustituido a las elegantes tiendas del centro de Manhattan.
Ya llevamos unos 35 kilómetros y alrededor de tres horas corriendo y las piernas duelen. Vamos más callados y es el momento de utilizar la capacidad de sufrimiento, que es algo que también se entrena. No llevamos el ritmo de otras carreras que hemos corrido con objetivo de hacer una marca, pero como dice Mariano: “42 kilómetros siguen siendo 42 kilómetros”. Marta comienza a tener molestias en una pierna fruto de una antigua lesión y todos aflojamos un poquito el ritmo, enseguida se recupera y ahora es ella la que empieza a tirar.
De vez en cuando vamos mirando a los corredores de nuestro alrededor, hermanados ahora por el mismo esfuerzo. Cada cual tiene su vida y sus motivaciones, pero los hay que llevan camisetas que te dan pistas: “Jódete cáncer” es una, “El sufrimiento dura un tiempo, la gloria es para siempre” es otra.
Ya estamos bajando por la Quinta Avenida en Manhattan, es el último tramo y nos animamos con comparaciones del tipo: “Ya sólo nos queda ir a Loreto y volver”. Los últimos kilómetros discurren por el interior del Central Park, que está muy hermoso ahora en otoño. La multitud ya parece que te lleva a base de gritos de ánimo hacia el final. A pesar de la fatiga y de las ganas de descansar alguien comenta: “Casi da pena que esto acabe”.
Nos abrazamos nada más cruzar el arco de meta, enormemente satisfechos de haber sufrido y compartido juntos la experiencia de una vivencia única, los cuarenta y dos kilómetros de una carrera en la que lo importante no es ganar.
HABÍA UNA DEUDA POR SALDAR
Y no es una deuda cualquiera, porque ésta la arrastro desde hace treinta años.
Aquella época… eran los tiempos de barbas y pelos largos, pesaba diez kilos más y fumaba. Andaba, como otras veces, de visita por Nueva York y mi hermano me comentó que a la semana siguiente iba a ser la maratón. El año anterior la había corrido mi primo, así que me dije que si él la había corrido yo también podía hacerlo.
Me impuse un estricto plan de entrenamiento… de una semana. Dejé de fumar, busqué unas zapatillas (unas bambas azules), un pantalón corto y salí por las noches a dar unos trotes a un parque cercano.
Llegó el día y aunque con alguna duda, me sentía preparado. Cogí el metro temprano y me acerqué a la zona de salida. No tenía dorsal, por lo que no podía entrar en área de los corredores, así que me aposté en las cercanías, al otro lado de las vallas. Por allí encontré a otro cristiano, con pintas parecidas a las mías y con similares intenciones. La unión hace la fuerza y nos pusimos de acuerdo.
Arrancó la carrera y todo el mundo empezó a gritar. Aquella era la nuestra, saltamos la tapia y nos metimos dentro de aquella marea humana. Creo que uno de los de seguridad intentó hacer algo, pero tenía todas las de perder. Era feliz, ¡Estaba corriendo la maratón de Nueva York! De todas formas no era un inconsciente, por lo que comencé con un ritmo bastante suave.
Como a los diez kilómetros me sentía bastante bien, ya había hecho la cuarta parte y empecé a pensar si no había un poco de mito con todo esto de las maratones. Aceleré el ritmo y dejé atrás al improvisado compañero de equipo que trató de convencerme de que mejor seguir así. Me dije: bueno, si él no puede yo sí.
Y los kilómetros siguieron, y vinieron las molestias, a estas le siguieron los dolores, luego los calambres. Tenía sed, hambre y empecé a comer y beber todo lo que me daban por el camino. La visión de la gente que me rodeaba empezó a emborronarse y el griterío era como un murmullo. Buscaba desesperadamente las pancartas de los kilómetros pero éstas las habían puesto cada vez más lejos. Empecé a andar algún pequeño trecho, volvía a correr, volvía a beber,… y ya sólo me decía que si había llegado hasta allí tenía que terminar.
En mi vida me había sentido, ni me he sentido después, tan al límite de mis posibilidades físicas y mentales y mira que me he metido en batallas. Me encontraba literalmente deshecho, sólo quería llegar y que todo terminara.
Al final, en Central Park apareció la meta. Faltaban cincuenta metros y yo ya era una sombra. Alguien me indicó una pequeña salida lateral, por donde me fui sin rechistar. Era la salida de la vergüenza, la de los “corredores bandidos” que corren sin dorsal; allá cerca quedó, sin cruzar, la meta de la gloria. Unos voluntarios atendían a los proscritos que entrabamos por allí.
Me acerqué a la valla para apoyarme, me quedé mirando, como en un sueño, a los corredores que llegaban y… me desperté en una cama de un hospital de campaña. Tenía una mascarilla puesta y alguien, muy cerca de la cara, me hablaba y me preguntaba cómo me llamaba. Yo quería hablar, decirle mi nombre, pero no podía articular palabra.
Estuve una semana sin poderme mover del sofá. Tenía unas agujetas terribles y me había quedado descompuesto. Ahora sí que sabía, mejor dicho, intuía, lo que era correr una maratón. Y me hice una promesa, algún día yo tenía que correr una haciéndolo con “dignidad”.
Hace unos cinco años conocí al grupo de corredores oscenses. Estaban preparando la maratón de Madrid y yo los miraba con admiración y envidia, hasta que me dije que esta podía ser mi oportunidad. Empecé a entrenar con ellos y ya he corrido cuatro maratones, dos de ellas por debajo de las tres horas, lo cual se considera un buen tiempo. Baste pensar que aquella primera “experiencia” me costó casi cinco horas.
Pero, falta algo por hacer. Hoy estoy aquí, de nuevo en Nueva York, al principio de la carrera. Esta vez llevo un dorsal oficial y por compañeros tengo a mis amigos de Corredores Oscenses. Hoy tengo una deuda por saldar.